Friday, June 1, 2012


BATISTIANOS  ( y nostalgia )
ensayo por : Juan Carlos Castillón

el AVANCE  12 de agosto 1960
Es curioso, después de veinte años de residir allí, no recuerdo apenas batistianos en Miami. Debía de haberlos porque la noche de fin de año, cuando el General se fue de la Isla, quienes lo acompañaron estuvieron entre los primeros exilados del castrismo. Y de hecho conocí y traté mínimamente a tres o cuatro. Quiero decir, a tres o cuatro batistianos, no a tres o cuatro acompañantes de Batista, aquella noche de fin de año y tantas otras cosas. Y recuerdo vagamente haber oído historias de peleas entre los primeros batistianos que siguieron al General y los primeros exilados cubanos de Miami, que estaban allí —y mucha gente lo olvida— porque habían huido de Batista. Algo sé también de las diferencias entre estos primeros exiliados anticastristas y otros posteriores, auténticos, ortodoxos, apolíticos o… ¿qué grupo no se ha ido al exilio? Recuerdo incluso haber visto a algunos viejos ortodoxos desfilar (escoba incluida) en las concentraciones anticastristas a las que acudí, mayores en edad, menores en número, con respecto a otros grupos, por ejemplo la Fundación. Pero no recuerdo haber visto batistianos organizados en esas concentraciones. Siempre fueron piezas sueltas en el mosaico del exilio cubano.

Llegué a Miami como muchos de los españoles de mi generación, ignorante de que entre los partidarios de Batista y los de Fidel había una inmensa mayoría de cubanos que estuvieron en contra de ambos. A pesar de toda la prosopopeya verbosa sobre la Madre Patria que pueda leerse al respecto, los españoles de mi generación sabíamos de Cuba tan poco como cualquier norteamericano de North Carolina o Delaware. Para muchos españoles, de forma simplista, Batista era como Franco —aunque Batista hubiera sido antifranquista en tiempos de la Guerra Civil, por lo cual Franco nunca le permitió instalarse en España—, de la misma manera que Fidel nos parecía el anti-Franco por excelencia —a pesar de que Franco nunca retirase ningún embajador de La Habana y se burlara del embargo norteamericano.

La primera batistiana que conocí, y la única que traté de forma regular, fue mi casera, a la que en su día dediqué una columna. Una mujer de tierra adentro que asimilaba la pobreza y el hambre con los tiempos de Machado, en los que le había tocado crecer, y los tiempos de Fidel, en los que había visto a miembros de su familia ser encarcelados y perseguidos por el nuevo régimen. Por el contrario, vinculaba la prosperidad, duramente ganada día a día, con los años de Batista. Dudo que mi casera hiciera grandes análisis políticos y para ella Batista fue sinónimo primero del fin del descontrol que sucedió a la expulsión de Machado en los años treinta y después de aquel tiempo de bonanza azucarera en que Cuba permaneció al margen de la Guerra Mundial y el país, bien que mal, creció y prosperó de forma quizás injusta y desigual (pero ¿cuándo había crecido de otra manera la Isla tal y como ella la conocía?). De alguna manera, todas esas diferencias entre el primer Batista, progresista, amigo de Alicia Alonso y elogiado por Neruda, y el segundo Batista, el del golpe, se perdían para ella. Para ella tan Batista era el que había tomado el poder y acabado con los tiroteos entre “abecedarios” y comunistas en 1933, o el que había acabado con la violencia bonchista en 1952. Para ella Batista era el político que la había dejado trabajar en paz —y a un político no se le podía pedir nada más.

Mi casera nunca pasó por mi lugar de empleo, donde se hubiera podido pelear con María, mi primera compañera de trabajo en la librería en que estuve empleado, que sí militó contra Batista desde las filas del “Veintiséis”. En la célula del Vedado, para ser más exacto. Sin embargo, María se llevaba bien con Rubén, el hijo de Batista y con Guillermo de Zéndegui, que “fue batistiano pero es una persona decente y culta”.

En realidad era difícil llevarse mal con el hijo de Batista porque era un hombre amable, honrado y generoso, que nunca heredó las ambiciones políticas de su padre, de la misma manera que nunca trató de excusar sus errores. Rubén Fulgencio Batista era tranquilo y educado. Compraba regularmente los libros que aparecían sobre su padre, incluso cuando hablaban mal del mismo. Recuerdo que República angelical, un libro publicado en Cuba por Rolando Rodríguez, le pareció, en su descripción de “la rebelión de los sargentos”, objetivo y bien informado a pesar de la inclinación izquierdista del autor. Una vez estuvo a punto de coincidir con la “hija rebelde” de Fidel en la tienda. Es lo que tiene estar en una librería en una ciudad en la que apenas hay librerías.

A Guillermo de Zéndegui le traté como cliente durante años. Publicó un libro en la editorial donde yo trabajaba, y distribuyó con nosotros su libro sobre La Habana, en realidad el catálogo que hizo para una exposición sobre la Habana del Museo Cubano de Arte y Cultura de Miami. Zéndegui era un señor a la antigua, vestido correctamente (de corbata) incluso dentro del largo verano miamiense. Estuve demasiados años en aquel trabajo y a la larga desarrollé con él la suficiente confianza como para repetirle un chiste que habían hecho a expensas suyas y de Batista: “¿Conoce usted la historia que cuentan sobre usted y Batista?” —le pregunté un día que la tienda estaba vacía. A nadie en Miami le gusta ese comienzo de conversación, pero él fue lo bastante amable como para oírme hasta el final. Era un chiste viejo en el que Zéndegui recorría una exposición de arte moderno en La Habana, asesorando en voz baja a Batista, indicándole qué decir ante cada pieza, hasta que llegan frente a un retrato abstracto, y Zéndegui susurrando, le indica, “Qué cara, qué gesto,” y Batista, en voz alta repite “¿Qué carajo es esto?” Tras un momento de duda, realmente breve, Zéndegui se echo a reír y me dijo: “¿De verdad cuentan eso de nosotros? Chico, los cubanos somos del diablo…” Aunque es posible que Zéndegui sí hubiera dado más de un consejo de arte a Batista a juzgar por la colección que éste dejó en Daytona, y que incluye piezas de Víctor Manuel, Amelia Peláez, Mario Carreño, René Portocarrero y Daniel Serra-Badué, entre otros.

Mi otro “batistiano” fue el security del banco en el que cambiaba mi cheque. Un señor ya mayor, acumulando sus últimos años de trabajo en espera del Medicare y el Medicaid. Trabajaba para la agencia de Ventura y llevaba en la mano un gran anillo con una cabeza de indio. (Lo cual era en homenaje precisamente a Batista, que era oriental, y al que algunos llamaron “el Indio”, pero también un recordatorio del raro sincretismo aparecido a principios del siglo XX entre espiritismo cardekiano y algunas formas de la santería cubana). Nunca se lo pregunté, pero si fue policía en La Habana seguro que estuvo en la Quinta Estación. Yo iba a deshoras, cuando aquello estaba medio vacío y a veces tomé con él una de esas coladas regeneradoras que todavía extraño.

¿Alguien más? ¿Alguien más —que además dicte la política del exilio? No. Al menos en el Miami que yo recuerdo. Pero reconozco que puede existir más de un Miami y que el mío no es el único posible. No constato ninguna resurrección del batistato en el exilio, más allá de los artículos provocadores, y siempre inteligentísimos, de Néstor Díaz de Villegas.

Todo esto viene a cuento ante la supuesta nostalgia histórica de Batista, que no ha traído consigo ni la reaparición del Partido Acción Progresista —sí, ese era el nombre del partido del “Hombre”—, ni nada parecido a un manifiesto. Al parecer el General, en realidad suboficial taquígrafo del ejército, ha resucitado en alas de una nostalgia más vital que política, que lo identifica menos con su política que con su glamoroso escenario: la Habana anterior a la revolución castrista, con unos años de progreso que hubieran sido iguales bajo cualquier otro gobierno, ortodoxo o auténtico, que hubiera dejado en paz a la clase comercial cubana, pero que coincidieron en el tiempo con su segundo periodo.

El gran fallo de los “hombres fuertes” cubanos es no saber retirarse a tiempo. Si Machado no se hubiera hecho reelegir a despecho de la Constitución, serían muchos los que lo recordarían como el mejor constructor de Cuba; si Fidel hubiera convocado elecciones en los años sesenta todo le habría sido perdonado; si Batista no hubiera tomado el poder ilegalmente por segunda vez sería recordado como un dirigente progresista, partidario del New Deal, que aplicó a Cuba las mismas políticas de Franklin D. Roosevelt en Estados Unidos. Se discuten ahora las diferencias entre el primer Batista que tomó el poder en los años treinta, progresista, amigo de la Norteamérica del New Deal, legalizador del Partido Comunista, que incluso sentó a un comunista entre sus ministros (a uno que, todos lo sabemos, después volvió a ser ministro con Fidel) y fue homenajeado por buena parte de los intelectuales de la isla; y un segundo Batista que tomó el poder el 10 de marzo, más gordo, más rapaz, más conservador, amigo del senador McCarthy, anticomunista en un país de raros y aburguesados comunistas. Personalmente, no creo que sean tantas.

¿Nostalgia por Batista? Es comprensible que la haya por su época. Porque cuando alguien, incluso un simpatizante de Fidel (o un enemigo de Batista), quiere retratar en la ficción cinematográfica o televisiva, una Habana glamorosa y próspera, o al menos sin ruinas en cada esquina, siempre vuelve a los últimos años del General —perdón, del sargento taquígrafo devenido General. Por lo que podríamos deducir que la supuesta nostalgia por Batista es en realidad una nostalgia hacia una Habana que construía grandes rascacielos, recibía turismo de lujo, donde los hombres vestían dril cien, se creaba la mejor música bailable del mundo y los carros americanos del año llegaban antes que a muchas ciudades del interior de Estados Unidos. Es el espejo invertido de una prosperidad que el cubano sigue anhelando entre sus ruinas.

¿Nostalgia por Batista? Pues sí. Pero habría que ver en qué consiste exactamente. En la televisión norteamericana se acaba de estrenar Magic City, una serie que juega con la nostalgia del periodo. Es el mismo tipo de nostalgia que provocó que cuando hace diez o doce años se reimprimió la Guía telefónica de La Habana en 1959 este libro, de trama insignificante y lectura repetitiva, fuese todo un best seller en Miami. Y lo mismo pudo decirse del ejemplar facsimilar del Libro del Siglo y Cuarto del Diario de la Marina, que un miembro de la familia Rivero decidió reimprimir. Es injusto comparar las dos ediciones, porque en la del Diario de la Marina colaboraron algunos de los mejores periodistas de la Isla, pero en ambas el motivo de la compra fue volver a ver los anuncios, revivir la Habana de finales de los cincuenta. Una ciudad perdida, como bien sabía Cabrera Infante.

¿Cómo no sentirse nostálgico de aquella Cuba? ¿Cómo no asimilarla de alguna manera a su líder? Incluso si lo único bueno que puede decirse de Fulgencio Batista en cuestiones de política económica es que no tuvo ninguna y permitió que el azúcar siguiera en manos de magnates azucareros como Lobo, el tabaco en manos de los tabaqueros y el ron en las manos de Pepín Bosch, porque nuestro “hombre” creía que en mejores manos no podían estar.

Nostalgias aparte, creo que Batista no va a volver, como no volverán el traje dril cien, ni los anillos en forma de cabeza de indio ni la década del cincuenta. Lo que sí puede llegar, con otro nombre, con otras formas, es una nueva dictadura, más inteligente que la de Batista o la de Fidel. Una dictadura sin doctrina, sin credos ideológicos que le impidan adaptarse a la realidad. Una dictadura donde el dictador deje de parecerlo por el simple sistema —que ya Batista conoció y Fidel despreció— de permitir que la gente se enriquezca, dentro de ciertos límites. El mundo moderno ya conoce otros países en los que hay capitalismo sin liberalismo, capitalismo sin democracia, e incluso capitalismo con Partido Comunista como único usufructuario del poder (el caso de la República Popular China). Quién sabe si el próximo dictador de Cuba —que esperemos nunca llegue— sea lo suficientemente listo como para permitir un destape cubano, un carnaval de todas las ganas de prosperidad acumuladas en estas cinco décadas de socialismo con pachanga y capitalismo (vulgar) con eufemismos. Todo es posible y me temo que serían muchos los que podrían ver ese advenimiento de un dictador que simplemente limitase la política pero liberalizase la economía como una liberación.

Fulgencio Batista Zalazar  LIFE  La Habana 1958


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